• Psicoterapeuta Claudia Garibay

Depresión y la importancia cognitiva de las estrategias de afrontamiento

La depresión ha sido considerada como una enfermedad frecuentemente crónica debido a su recurrencia; sin embargo, aunque se espera que dentro de una década ocupe el oneroso primer lugar de enfermedades discapacitantes no cardiovasculares, su diagnóstico sigue siendo o sobreestimado o subestimado, y en consecuencia su tratamiento insuficiente. A pesar de que ha habido avances desde la terapia psicológica y la administración de fármacos, la depresión sigue en aumento y cada día alcanza a sectores poblacionales más vastos, ampliándose el rango de edad en las personas que la padecen.

La depresión aparece ante la presencia del estrés prolongado. No hay que confundirla con la tristeza que constituye un instancia puntual ante acontecimientos desafiantes, pero no se prolonga en el tiempo. Las sensaciones de ansiedad, pesimismo, incertidumbre, desazón y pesadumbre, falta de concentración y memoria, culpabilidad, impotencia, cansancio y falta de energía, así como la dificultad para tomar decisiones, la inquietud extrema, y la disminución psicomotriz y orgánica, cuando perduran suelen ser indicadores de depresión.


Son las mujeres las que por mucho refieren sentirse afectadas por la depresión. Pero sin quitar factores desencadenantes de estrés que las mujeres viven en las sociedades patriarcales —con el exceso de carga de trabajo y cuidados, el maltrato y la violencia intrafamiliar física y psicológica, las exigencias sociales que pesan de forma real y simbólica sobre su comportamiento en todos los ámbitos de la vida, entre otros—, la alta cifra de mujeres que sufren de depresión puede ser un indicador que enmascara a su vez el hecho de que los hombres suelen desestimar los síntomas depresivos —asociados culturalmente a emocionalidad, debilidad y vulnerabilidad— y por ello no los refieren ni buscan ayuda profesional.

Y sí, efectivamente, la depresión constituye una alteración de las emociones que trae aparejado inhibición y deterioro funcional. Por eso, aunque se configura como un trastorno afectivo que se activa mayormente frente a situaciones de pérdida y duelo, al manifestar sentimientos de tristeza profunda y desánimo recurrente, puede llegar a ser inhabilitante y en ocasiones también paralizante tanto en términos físicos como psicológicos. Las personas que sufren depresión muestran un serio deterioro de sus capacidades cognoscitivas.


Desde un punto de vista adaptativo, la depresión se percibe como un fenómeno de transito psico-emocional, como una especie de respuesta ante la amenaza de ciertos vínculos afectivos donde se alteran las capacidades de mentalización respecto a los deseos y motivaciones propias o de los demás, derivada de situaciones de apego inseguro, vulnerabilidad emocional y percepción de fracaso. Salvo en el caso de depresión hereditaria o genética, se trata de un problema que surge de la relación entre la autodefinición y las dificultades en las relaciones interpersonales; de ahí su potencial para ser tratada desde el enfoque cognitivo-conductual de las terapias psicológicas. Generalmente, en cuanto a la autodefinición, la autoestima baja, los autorreproches, el exceso de autocrítica y un alto nivel de exigencia perfeccionista, juegan a favor del padecimiento depresivo ya que esto crea la construcciones de modelos cognitivos errados o distorsionados sobre uno mismo en cuanto a la manera de interpretar las experiencias que se viven, se sienten e interpretan en relación a los demás y al entorno en el que la persona se inserta y con el que tiene que lidiar cotidianamente. Los sentimientos de autoculpación y autodepreciación muestran una poco sana relación con los demás y con el entorno, al obstaculizar la separación de responsabilidades y los límites del control propio en el entendimiento propio de las situaciones estresantes.


Las personas con autoestima baja y un alto nivel de autoexigencia suelen haber vivido experiencias traumáticas en la infancia al interior de su círculo familiar que los hizo sentir vulnerables afectivamente teniendo que desarrollar estrategias de aceptación y ganancia afectiva a través de estos mecanismos. Esto les hace construir estrategias de afrontamiento que pasan por hacerse responsables de los vínculos afectivos, conllevando a su vez una distorsión sobre el sí mismo, el entorno y en particular las maneras de enfrentar el futuro.


Entendiendo que la depresión siempre expresa una relación entre la mente y el cerebro, es decir, entre la dimensión cognitiva y la neurofisiológica, las experiencias traumáticas de la infancia son factores relevantes a la hora de su diagnóstico. Numerosos estudios explican este vínculo. Sin embargo, es aquí donde la terapia psicológica puede desplegar su potencial, más allá de los componentes biológicos y neurobiológicos que sin duda participan en el surgimiento de la depresión. Esa es la razón por lo que los factores situacionales, de orden social, cultural y contextual, constituyen un elemento de peso en el diagnóstico y tratamiento de la depresión. Cuando se está en presencia de estrés psicosocial a raíz del mantenimiento de relaciones interpersonales demandantes y difíciles de manejar y procesar cognitivamente, la depresión aparece sin remedio, aun en forma leve, a través de episodios prolongados de angustia y ansiedad. Por eso aunque los factores hereditarios influyen en el padecimiento de la depresión, este suele activarse casi siempre ante una combinación entre las adversidades del entorno y cierta percepción de impotencia e incapacidad para hacerles frente y salir victoriosos.


En ese sentido, es posible decir que la depresión y sus síntomas comunican una señal de ayuda ante la imposibilidad de gestionar los infortunios, las desgracias, las desdichas y reveses que en ocasiones trae la vida, y ante las cuales muchas personas se sienten inhabilitadas para afrontar. Desde este punto de vista, la depresión se implica como carencia en las estrategias de afrontamiento de la realidad, sobre todo en torno a la realidad afectiva, que —salvo factores genéticos– por lo general tienen su origen tanto en la personalidad como en la experiencias relacionadas con el apego y los vínculos seguros de amor, acompañamiento y protección. Por eso, en muchos de los casos, la depresión constituye un llamado de atención hacia el otro; un reclamo inconsciente de ayuda que se traduce en una falta de vitalidad, desánimo, ausencia de placer por cosas que habitualmente gustaban, somnolencia, fatiga, aburrimiento y sobre todo, una profunda tristeza. Si esta necesidad de ayuda no es satisfecha, la depresión puede conducir al suicidio.


En jóvenes, adultos y adultos mayores, la depresión es una de las causas de muerte autoinflingida voluntariamente. La sensación de agotamiento ante la lucha contra la adversidad y el dolor, junto al reclamo insatisfecho de ayuda traducida en soledad pueden llevar a la persona a encontrar en la muerte una solución, entendiéndola como una especie de refugio donde el dolor no tiene cabida, porque en la depresión el dolor emocional está presente. Precisamente porque fallan o están ausentes las estrategias de afrontamiento necesarias para disminuir el dolor emocional, el abatimiento, la pérdida de autoconfianza, la desesperanza y la impotencia desembocan en un estado disfórico desde el que habitualmente se experimenta una disminución del valor personal, sentimientos de culpa e inutilidad, apatía, indiferencia, retraimiento y aislamiento social que puede llegar incluso a actitudes de descuido personal y confusión existencial hacia uno mismo. Estas estrategias de afrontamiento se ven disminuidas sustancialmente ante situaciones de pobreza, desempleo, maltrato, violencia, así como ante la falta de oportunidades para alcanzar y realizar metas, objetivos y deseos. Pero aunque no es posible salir de la depresión por voluntad propia, ello no indica que no pueda hacerse algo en aras de activar la voluntad para revertir el cuadro depresivo. A pesar de que nada ni nadie podrá borrar el trauma de desapego, abandono y desprotección de una experiencia afectiva infantil o adulta, el adulto puede entender que las estrategias de afrontamiento en relación a los vínculos afectivos pueden transformarse a su favor. En ese sentido, se hace necesario apelar a la responsabilidad consciente del adulto para hacer frente a sus traumas de una forma asertiva tanto en términos cognitivos como autocompasivos para que pueda poco a poco ir ganando en seguridad de sí mismo, elevando su autoestima y poniendo a la baja simultáneamente sus niveles de autoexigencia. Esto permitirá encaminar la necesidad de ayuda trasmutando la necesidad inconsciente de reclamo por la necesidad consciente de autorresponsabilidad, a partir de entender que no es posible ni sano afrontar la vida adulta a partir de estrategias que en la infancia se pensó (y funcionó quizás en el presente) para paliar las carencias del apego.


La depresión tiene en el ámbito cognitivo un gran aliado. Si bien hay factores genéticos y hereditarios que no son controlables cognitivamente, el entrecruzamiento de esos factores con factores ambientales constituye una brecha de oportunidad para su tratamiento y garantía de irreversibilidad.


✍ Psicoterapeuta Claudia Garibay

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