• Psicoterapeuta Claudia Garibay

Conducta autolesiva: un asunto de soledad, culpabilidad y autocontrol emocional

¿Qué tienen en común las múltiples formas de autodestrucción física del cuerpo? ¿En qué se parecen las cortadas y quemadas de la piel, la anorexia, las adicciones, los golpes y azotes en el cuerpo? ¿Qué dicen las marcas de arañazos, puñazos y pellizcos en brazos, piernas, muslos y espalda? ¿Cómo entender los envenenamientos, los actos de arrancarse el pelo y otras formas similares de autoagresión y autocastigo?


Estos actos configuran el abanico de lesiones autoinflingidas que algunas personas realizan, sobre todo adolescentes y jóvenes. Se trata de comportamientos anómalos que suelen ser incomprendidos, y también poco aceptados por la sociedad. Las autolesiones o conducta autolesiva son conductas que implican la provocación deliberada de lesiones corporales sin finalidad suicida; sin embargo, hay que tener en cuenta que un gran número de personas con tendencias suicidas se han autolesionado previamente. Por eso se considera que las conductas autolesivas son la antesala del suicidio.


En las conductas autolesivas la autodestrucción física es el eje central. Se trata de una conducta que genera dolor físico para liberar o sacar un dolor emocional, un sufrimiento de tipo psicológico que la persona necesita expresar a como dé lugar. En estos casos, el sufrimiento emocional suele ser tan intenso que el dolor físico autoinflingido constituye una vía óptima para intentar disminuirlo, porque sí, efectivamente lo disminuye, aunque de forma temporal. La razón de lo anterior se debe a que el dolor físico puede controlarse ya que la persona puede elegir la profundidad del corte, la intensidad de las quemaduras, la fuerza que aplica en los golpes, la frecuencia de la ingesta de sustancias tóxicas, etc. Pero lo más relevante en el control del dolor físico es que sana pues llega un momento en que el dolor desaparece. No pasa lo mismo con el dolor emocional que permanece y atormenta, pareciendo imposible liberarse de él. Así, el dolor físico constituye un mecanismo que busca exorcizar el dolor emocional. A través del dolor físico la persona que se autoinflinge lesiones en su cuerpo intenta hacer que su dolor emocional disminuya, se controle o bien desaparezca para siempre. Sin embargo, esto no sucede. Apenas pasa el dolor físico, el emocional se hace presente con más fuerza porque, además, les recuerda que resulta imposible deshacerse de él. Ahí está de nuevo, no se va. El dolor físico sólo alivia un rato y eso provoca un círculo incesante de autolesiones que sume a la persona afligida en un pozo sin salida. La persona que se autolesiona tiende a sentir y a pensar que no hay escapatoria, que está condenado a sufrir eternamente y que sólo en esos momentos de dolor físico puede sentir que controla su vida, que puede escapar del sufrimiento emocional que la aqueja, que puede olvidar eso que la hace sentirse impotente ante su realidad.


Pero ¿por qué una persona puede llegar a sentir tanta impotencia y desconexión con su potencial transformador? ¿qué tiene que suceder para que sintamos y pensemos que sólo autoagrediéndonos físicamente podemos controlar lo que nos pasa? ¿qué implica suponer que no podemos transformar nuestras vidas, que no somos ni seremos capaces de hacerlo? ¿por qué apegarnos al dolor físico para controlar una situación de sufrimiento emocional? En una primera instancia, hay que reconocer que en nuestros ámbitos fundamentales y primarios de socialización, que son la familia y la escuela, la educación emocional no constituye una fuente legítima de saber, ni a nivel personal ni a nivel social. En la actualidad, incluso, el acompañamiento y apoyo psicológico profesional es bastante mal visto pues hay alrededor de ello una idea errónea asociada a la locura; se cree, de hecho, que quien padece situaciones o enfermedades emocionales debe su causa a una especie de debilidad mental, a una condición anómala. No es así. La salud emocional es tan o más importante que la salud física y haríamos bien como sociedad en reconocerlo, primero para desterrar el estigma en el que suele envolverse, y segundo para ganar consciencia sobre su importancia. Somos básicamente lo que creemos que somos, y la realidad —ciertamente incontrolable—es también aquello que podemos percibir y entender de ella.


Una realidad hostil o asfixiante lo es por sí misma siempre y cuando sea hostil y asfixiante para nosotros. Si logramos liberarnos mental y afectivamente de estos condicionamientos, será una realidad dura y difícil de enfrentar, incluso podrá ser una realidad desafiante e inhóspita, pero siempre, siempre, enfrentable y de cierta manera también, transformable. Las personas que no pueden hacer este cambio de perspectiva son, por lo general, personas que no han recibido una educación emocional adecuada, es decir, que no han aprendido a expresar sus sentimientos con libertad y honestidad, que piensan que no son suficientes para enfrentar los retos, imprevistos y dificultades desagradables que la vida entraña, pero sobre todo, se trata de personas que se sienten responsables de aquello malo que les sucede. Esto es, en el fondo, lo que subyace a la conducta autolesiva.


El panorama se agrava si, además, estas personas sufren de algún trastorno de ansiedad y depresión, o bien algún trastorno de conducta provocado por ambientes familiares e interpersonales hostiles y agresivos, situaciones de desprotección laboral o escolar y acoso en diferentes ámbitos y grados. Sin duda, situaciones como estas pueden provocar sufrimiento e impotencia, pero no todo el mundo actúa autolesionándose para resolverlas.


Las personas con conductas autolesivas, al sentirse incapaces de resolverlas de otra manera (expresando lo que sienten, buscando explícitamente ayuda o protección, enfrentando con sus propios recursos la situación aun y cuando la acción no dé los resultados esperados, etc.) encuentran en la pasividad que gestan la frustración y la resignación una especie de refugio desde donde dolerse internamente los hace saberse víctimas de algo injusto, aunque al mismo tiempo tengan la necesidad de dejar de serlo, aunque no por sí mismos, sino para que otros los rescaten de su sufrimiento. Las personas con conductas autolesivas se sienten y piensan incapaces de resolver e impedir por sí mismas situaciones que le causan dolor emocional. Al sentirse culpables por ser incapaces de salir de este círculo de dolor, las personas con conductas autolesivas se autoperciben como víctimas de una situación que les supera y que creen que no pueden enfrentar ni transformar. Se autolesionan porque es una forma silenciosa y evidente de pedir la ayuda que son incapaces de solicitar verbalmente porque consideran que ellos no la merecen; sin embargo, claman por ayuda a través de estos actos de agresiones autoinflingidas, esperando que alguien venga a salvarlos y aliviarles el dolor emocional ante el que se sienten incapaces de enfrentar y resolver con éxito. La persona con conducta autolesiva comunica a gritos que lo protejan; se siente y se piensa como un ser indefenso. Fortalecer la creencia de que no lo son constituye una estrategia psicológica fundamental para acompañarlos en el largo, arduo y necesario camino de convertirse en hacedores de su propia vida, a pesar de las inclemencias y desafíos que esta inevitablemente nos presenta.


✍ Psicoterapeuta Claudia Garibay

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