• Psicoterapeuta Claudia Garibay

Punteo de ideas clave sobre autolesiones

– Las autolesiones constituyen un problema de autoconfianza y comunicación.


– Las personas que se agreden a sí mismas valoran poco su vida, su cuerpo, su integridad. De cierta forma, configuran una actitud tanática, autodestructiva.


– Se agreden físicamente, porque es lo único que suele calmarles por un rato el dolor emocional. El dolor físico ocupa su toda su atención y olvidan su sufrimiento emocional.


– El dolor físico y las lesiones corporales en sí mismas, tienen un doble objetivo:

  1. alejar el dolor emocional temporalmente y calmar la angustia que le produce la imposibilidad de su gestión, y

  2. llamar la atención hacia su necesidad de ser protegidos.

– Las personas con conductas autolesivas se sienten solos y desamparados. No creen que puedan enfrentar por sí mismos la resolución de aquellos problemas o situaciones que le provocan dolor emocional. Necesitan de la ayuda de los demás para hacerlo.


– En ese sentido, son personas desempoderadas y que tienden a desplazar la responsabilidad de su bienestar emocional a otros. Por lo general, esto se relaciona con la baja autoestima, la falta de confianza en uno mismo, la incapacidad para poner límites y la dificultad para expresar sentimientos y pensamientos de forma libre, honesta y asertiva.


– El circuito lógico-afectivo de las autolesiones se puede resumir como sigue: víctima (persona que se autolesiona) – victimario (situación que provoca el sufrimiento) – salvador (autolesiones y/o personas a quienes le piden silenciosamente protección).


– Las autolesiones no son sólo vehículos para aliviar el sufrimiento emocional por medio del dolor físico, sino que son —y me parece que sobre todo— mecanismos para solicitar protección.


– Las personas con conductas autolesivas inspiran compasión y por eso buscan atraer la atención de aquellos que deben protegerlos y no lo hacen. Se trata de personas que necesitan de protección porque se sienten incapaces de protegerse por sí mismos. Eso les provoca culpa y esa es otra de las razones para autocastigarse.


– Por lo anterior, en las personas con conductas autolesivas hay una idea inconsciente subyacente: no son suficientes, por eso merecen castigo; de ahí que el grito de ayuda que constituye la autolesión se convierta a su vez en su derrota, creando un callejón sin salida.


– Como son incapaces de pedir ayuda de forma asertiva (quizá conscientes en lo más profundo de que no la obtendrán), la autolesión —que es un grito de angustia, de socorro, de soledad y de desesperación— les recuerda su necesidad de ayuda y la imposibilidad de obtenerla.


– Caen así en un callejón sin salida pues saben que necesitan ayuda, pero o no la obtienen por más que la pidan o no la piden. En cualquiera de los casos subyace la creencia de que no son merecedores de ayuda porque son insuficientes (idiotas, incapaces, mediocres, buenos para nada, intensos, exagerados, débiles, etc.). Autolesionarse les recuerda que no son merecedores, pero su instinto de sobrevivencia les dice que necesitan protección y la piden a través de estas autolesiones.


– El círculo continua hasta que la obtienen, pero ahí viene la segunda parte del asunto. Obtener ayuda es reforzar la creencia de que son víctimas y eso no los hace responsables de sus vidas, es decir, eso los sigue haciendo insuficientes. Ahí está la clave de la sanación: en la autoconfianza. De lo contrario, ante cualquier otra situación terrible, estas personas volverán a autolesionarse porque son personas que se consideran incapaces, aún inconscientemente, de protegerse por sí mismas.


– La autoconfianza (yo soy), el amor propio (me quiero y pongo límites a mi realidad), la gestión emocional (controlo lo que siento y lo que pienso) y la comunicación asertiva (digo lo que pienso y lo que siento sin temor a que me juzguen por ello) hace a la persona responsable de su desenvolvimiento en la vida.


– La responsabilidad por la vida propia permite enfrentar la vida como viene pues uno desarrolla la capacidad para hacerse cargo de lo que vive a través de hacerse cargo de cómo lo vive. Lo primero es incontrolable, lo segundo no. Sobre eso último se finca la responsabilidad individual.


– Así, dentro de nuestras responsabilidades en la vida está la de protegernos a nosotros mismos, y buena parte de esa protección tiene que ver con la manera en que entendemos y enfrentamos lo que nos rodea desde nuestros propios recursos: aquellos de los que disponemos y aquellos que podemos construir sabiendo que aunque los demás tengan la responsabilidad y hasta la obligación de protegernos, también es obligación y responsabilidad nuestra hacerlo.


– La vida no es justa y muchas veces tampoco es amable, pero es la que hay. O la enfrentamos como viene y nos posicionamos y pertrechamos de la mejor manera posible para ello, o bien le damos la espalda, nos rendimos o pedimos eternamente ayuda a los demás para que nos resuelvan la vida y nos protejan de sus inclemencias y desafíos.


– Los adolescentes y jóvenes no están preparados del todo para asumir tamaña responsabilidad. De alguna manera, ellos dependen de los adultos, dependen incluso de su protección. Cuando los adultos niegan o desoyen estos gritos de ayuda y atención, los dejan indefensos, abandonados a su propia suerte. Es lógico entonces que aparezcan conductas autolesivas.


– ¿Qué hacer? Fomentar su autoconfianza, crear corredores de comunicación asertiva, demostrarles que importan sus miedos y sus impotencias y que son naturales.


– Trabajo en equipo, socialización de experiencias y soluciones, redes de apoyo y solidaridad, son algunas de las estrategias que pueden contribuir a fomentar la autoconfianza a la par que fortalecer la convicción en que es posible enfrentar los desafíos de la vida aunque no siempre arroje esto la solución deseada, que esta no siempre puede ser posible en los términos en que uno la planea y que no por eso la vida deja de tener sentido o se vuelve hostil; que los desafíos e imprevistos de la vida no son personales, que no tienen la intención de hacernos sufrir, aunque nosotros suframos con/ante ellos; que variar la perspectiva a la hora de percibirnos a nosotros mismos y a la realidad que nos desafía y desestabiliza contribuye a asumir una actitud más proactiva, más consciente y responsable, lo que nos hará más asertivos y menos propensos a la victimización que siempre es una actitud que busca en el otro la solución, la salvación.


– No hay nada de qué salvarnos. Hay que hacernos responsables de la manera en que vivimos porque eso es más bien lo que nos indica si estamos o no en el camino de cómo queremos vivir.


✍ Psicoterapeuta Claudia Garibay

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